La preparación de la guerra necesaria

Publicado en por José Martí

El pensamiento militar de quien fuera el mayor general José Martí estaba sostenido por profundos análisis, no solo de la Guerra de los Diez Años y los errores que condujeron al Zanjón, la Guerra Chiquita, el Plan Gómez-Maceo y otros intentos insurreccionales aislados, sino que también se nutrió del estudio de las principales guerras de su tiempo o las que le antecedieron, como es el caso de las contiendas independentistas hispanoamericanas, la de las trece colonias norteamericanas y la guerra de Secesión, así como la resistencia anamita contra el colonialismo francés, la lucha española contra la invasión napoleónica y la Guerra franco-prusiana. Todos estos acontecimientos bélicos conformaron un pensamiento en el cual estaba claramente definido que la guerra no era más que una vía «necesaria e inevitable» para alcanzar determinados fines sociopolíticos: en nuestro caso, la independencia de España y la construcción de una república «con todos y para el bien de todos». Cuando a finales de 1891 comprendió que había llegado el momento de la preparación de la guerra de independencia, Martí tenía ya definidos los objetivos que perseguía: Lograr la unidad de todas las fuerzas revolucionarias en el empeño, evitar, por todos los medios, la anexión a Estados Unidos, e impedir la expansión imperialista «por nuestras tierras de América». La clara concepción de esos objetivos iba acompañada de un profundo ideario también muy bien definido, entre cuyos postulados sobresalen los siguientes: La guerra, como procedimiento político, debe ser dirigida por un partido político; de ahí la creación del Partido Revolucionario Cubano (PRC) —principal aporte del pensamiento martiano a nuestras actuales concepciones: el Partido Comunista de hoy no es más que una continuación del fundado por Martí. La creación, el 14 de marzo de 1892, del periódico Patria, que en la práctica funcionaría como el órgano político del PRC, refleja el papel que Martí destinaba a la prensa. La nueva guerra no sería más que una etapa de la iniciada en 1868 por Carlos Manuel de Céspedes, de ahí su continuo llamado a la unidad entre los veteranos de la Guerra Grande y «los pinos nuevos». La concepción de que «hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas» 5 —idea que aparece en su carta-testamento político inconclusa, dirigida a su amigo mexicano, Manuel Mercado—, y que llevó a cabo pese al espionaje español que lo cercaba, adoptando las medidas necesarias para contrarrestarlo y simultaneando el secreto con el trabajo patriótico, encaminado a mantener vivo el espíritu independentista. La búsqueda de un levantamiento unánime, general y sorpresivo, que incluyera la región occidental del país —lo que le llevó a desautorizar toda expedición o alzamiento realizado cuando aún no estaban creadas las condiciones necesarias— y que se produjera simultáneamente con el arribo a la Isla de los tres principales líderes de la Revolución; una guerra corta que no diera tiempo a España para concentrar en la Isla su superior poderío militar, ni a Estados Unidos para intervenir y sacar ventajas a su favor —como finalmente sucedió. La convicción de que las expediciones deberían fundamentalmente llevar a Cuba el armamento necesario, pues los hombres de pueblo deseosos de luchar estaban en la isla; la guerra debería ser popular, nadie quedaría marginado ni excluido. Dentro de las principales actividades de preparación de la «guerra necesaria» deben mencionarse el Plan Fernandina —primera operación estratégica de esta contienda, cuyo fracaso, debido probablemente a una delación, no amilanó al Apóstol, quien a partir de este instante reveló su verdadera talla de estratega— y la firma del Manifiesto de Montecristi, dirigido al pueblo cubano y rubricado por Martí y Gómez el 25 de marzo de 1895, en vísperas de su partida hacia Cuba, documento que refleja la firmeza de los ideales martianos y su extraordinaria generosidad y nobleza. Un arduo trabajo realizó José Martí durante estos años, sin dejar de ser nunca la locomotora que arrastraba tras de sí la Revolución Cubana, tal y como el pintor Alamilla había logrado descubrir en él.

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